Gabriel Trovatto permaneció inmóvil en medio de la oficina presidencial.
El teléfono seguía en su mano.
La pantalla continuaba iluminada.
Y aquellas pocas líneas escritas por Alonso parecían convertirse en una burla cada vez más evidente.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Después llegó el silencio.
Y finalmente apareció la furia.
Una furia tan intensa que los músculos de su mandíbula comenzaron a tensarse visiblemente.
Fátima observó a su esposo.
Lo conocía demasiado bien.
Sabía ex