Alejandro retrocedió un paso, sosteniendo el borde de la pesada puerta de madera. La lluvia arreciaba a las espaldas de la mujer, pero ella ni siquiera se inmutaba por el agua que amenazaba con mojar el lujoso recibidor. Su presencia allí, a esas horas de la noche y en medio del caos que consumía a la familia, no tenía ningún sentido para él.
—¿Quién es usted y qué es lo que busca aquí? —preguntó Alejandro, entornando los ojos con evidente desconfianza—. No estoy de humor para atender a extraños