La noche pasó en medio de dudas, angustia y desesperación, y la mañana no cambió en lo absoluto. El aire denso del encierro seguía pesando sobre los hombros de Nahla, Dalia y William, recordándoles cada segundo de impotencia, cada latido acelerado por el miedo y la incertidumbre de no saber si el plan funcionaría.
El amanecer no trajo consigo una tregua ni un rayo de esperanza; solo la cruda continuidad de una pesadilla que parecía no tener fin, donde el tiempo se dilataba y las paredes del sóta