El lugar carecía de cualquier rastro de calidez; las paredes desnudas y la iluminación mortecina proyectaban sombras alargadas que parecían observar cada movimiento.
Penélope cerró la puerta a su espalda con una lentitud meticulosa.
Fabiola permanecía sentada junto a la ventana, una silueta oscura recortada contra la luz grisácea del exterior. Observaba la calle con una calma tan absoluta que resultaba inquietante, casi inhumana. No se dignó a girar la cabeza cuando su hija invadió su espacio,