El día comenzó con una calma que parecía un regalo del destino. Nahla abrió los ojos despacio, encontrando el rostro de William a pocos centímetros del suyo. Él ya estaba despierto, apoyado sobre un codo, contemplándola con una sonrisa ligera y plena que borraba cualquier rastro de las viejas amarguras. No había prisa, ni llamadas urgentes de la empresa, ni amenazas flotando en el ambiente.
—Buenos días, preciosa —susurró William, acercándose para darle un beso corto en los labios, tierno pero