El juicio final había llegado y el palacio de justicia se convirtió en un hormiguero de periodistas y policías. En la sala principal del tribunal, el ambiente ardía. Mauricio permanecía en el banquillo de los acusados, vistiendo su traje de presidiario pero manteniendo esa barbilla alzada que tanto fastidiaba.
Sin embargo, su fachada comenzó a agrietarse cuando Dalia subió al estrado de los testigos. Tenía las manos temblorosas aferradas al micrófono, pero la fuerza en sus ojos demostraba que n