Horas después, William cruzó las puertas de Vantgarde sintiendo que la cabeza le estallaba, pero el dolor físico no era nada comparado con la desesperación que le carcomía el pecho. Buscó a Nahla en su oficina, corrió por los pasillos e interrogó a las secretarias, pero ella había blindado su entrada, negándose a recibirlo o a escuchar sus llamadas.
Desesperado, herido en su orgullo y con los celos quemándole las venas, no tuvo más remedio que tragarse la humillación y dirigirse directamente hac