Mientras las horas avanzaban, en el penthouse de William el tiempo se diluía entre botellas vacías y lamentos ahogados. El hombre permanecía tirado en su habitación, hundiéndose en una embriaguez violenta, tratando de apagar el asco que le provocaba su propio apellido. Sin embargo, a kilómetros de allí, en la soledad de su apartamento, Nahla no tenía ninguna anestesia para el dolor que le desgarraba las entrañas.
Sentada en medio de la cama, con las piernas encogidas, miraba la pantalla de su te