El eco de los gritos de Fabiola aún vibraba en las paredes de la mansión cuando el pesado portón de roble se cerró, sellando su expulsión. El silencio que sobrevino no fue de paz, sino de una pesadez asfixiante. En el centro de la estancia, Penélope y Dante parecían dos pequeñas estatuas de sal, rotas por la mitad. Dante, no entendía de traiciones ni de herencias, solo sabía que el mundo se había vuelto un lugar de gritos y rostros endurecidos.
Penélope no resistió más. Sus ojos se llenaron de l