En el apartamento de Cristina, el ambiente era distinto. Valentina caminaba de un lado a otro, apretando el móvil contra su pecho. La conversación con su padre y el contenido de la carpeta de cuero le habían fracturado el alma. El odio, que antes era una roca sólida, ahora se sentía como arena escapándose entre sus dedos.
Escuchó el timbre. Era él. Cuando abrió la puerta, Alejandro estaba allí, de pie, con los hombros caídos y el rostro marcado por el cansancio. Ya no era el gigante arrogante de