Alejandro se desplomó. No fue un movimiento ensayado, fue el peso de años de culpa lo que lo llevó al suelo. Sus rodillas golpearon la madera con un sonido seco, sordo, que hizo que el corazón de Valentina diera un vuelco. Él, el hombre que jamás se doblegaba ante nadie, estaba allí, reducido a nada a sus pies.
—Perdóname —susurró él, con la frente casi rozando el suelo—. Haz conmigo lo que te plazca, Valentina. Tienes todo el derecho. Golpéame, escúpeme si eso te hace sentir mejor. No voy a def