La madrugada llegó pero no hubo calma, ni para Valentina ni para Alejandro. El reloj avanzaba sin piedad mientras el cansancio se acumulaba en sus cuerpos, pero el descanso se negaba a aparecer. Valentina, sentada al borde de la cama en el apartamento de Cristina, se abrazaba a sí misma, como si así pudiera sostener las decisiones que amenazaban con romperla.
—¿Estoy haciendo lo correcto? —susurró al vacío.
Pensó en todo. En el dolor. En las mentiras. En las veces que se sintió sola incluso esta