Alejandro la estrechaba con una desesperación que habría conmovido a cualquier piedra, pero para Valentina, ese contacto era un recordatorio quemante de todo lo que había perdido. Sintió sus manos temblar, no de amor, sino de una indignación que le recorría la columna. Con un movimiento seco y cargado de una fuerza que nadie esperaba, apoyó las palmas en el pecho de Alejandro y lo empujó hacia atrás.
—¡No me toques! —sentenció ella. Su voz no tembló; era un látigo que cortó el aire—. No vuelvas