El aire en el estudio de la mansión Echeverry se había vuelto irrespirable, una amalgama de polvo antiguo, resentimiento acumulado y el olor metálico de la sangre que brotaba del labio de Héctor.
El licenciado Guzmán, un hombre cuya integridad parecía ser el único muro de contención contra el caos, permanecía tras el imponente escritorio de caoba, sujetando con manos firmes el sobre lacrado que contenía la última voluntad de Leónidas Echeverry. Héctor, impaciente y con la mirada inyectada en una