El amanecer llegó gris y pesado sobre la ciudad. Cristina no había dormido nada. Se levantó con los ojos inflamados, caminó hasta la cocina y puso agua a hervir para café. El apartamento estaba demasiado silencioso. Encendió el televisor solo para escuchar voces humanas que la distrajeran un poco del dolor que había dejado la despedida de Valentina horas antes.
Mientras la cafetera burbujeaba, Cristina se dejó caer en el sofá con la mirada fija en la pantalla. El noticiero de la mañana comenzab