El ruido de los helicópteros rompía el silencio de las montañas cuando Alejandro Casalins llegó al lugar del accidente rodeado por sus hombres de seguridad y varios vehículos negros que levantaban polvo sobre el camino de tierra. El aire olía a combustible quemado y metal retorcido. A lo lejos todavía salían columnas delgadas de humo desde los restos del avión.
Un grupo de rescatistas y policías rodeaba la zona con cintas amarillas, pero cuando vieron bajar a Alejandro con el rostro pálido y lo