La cena en la mansión Casalins se servía con la puntualidad de un ritual fúnebre. El comedor, iluminado por la enorme lámpara de cristal, se sentía frío. Fabiola, con un vestido de seda carmín, mantenía una sonrisa de triunfo. Estar allí, ocupando el lugar que tanto deseó, le devolvía el aire.
—Este vino es exquisito, Alejandro —comentó Fabiola, acariciando el tallo de la copa—. Me alegra que finalmente podamos cenar en paz, como una familia de verdad.
Alejandro no levantó la vista. Cortaba la