El hospital era un torbellino de luces y pasos apresurados. Valentina sentía que el mundo se deshacía frente a ella.
Valentina caminaba de un lado a otro en la sala de espera, apretando su teléfono contra el pecho. Había llamado a Alejandro en repetidas ocasiones, pero el buzón de voz era su única respuesta. Él estaba en un avión, cruzando el océano, ajeno a que su mundo se estaba cayendo a pedazos.
Julián lloraba sin control, abrazado a su cintura.
—¡Mami, tengo miedo! —dijo el pequeño, entre