Julián seguía sentado en la camilla, con las esposas sujetando sus muñecas, como si fuera un criminal peligroso. No dejaba de mirar sus manos, como si en algún momento fueran a desaparecer y todo volviera a la normalidad.
Pero no.
Nada era normal.
La puerta se abrió de golpe.
—Señor Casalins —dijo uno de los abogados, entrando acompañado por otro hombre—. Vamos a sacarlo de aquí.
Julián levantó la mirada, confundido.
—¿Cómo…?
—Falta de pruebas sólidas, contradicciones en la declaración inicial y