El primer dolor no fue violento. Fue traicionero.
Leah despertó con la sensación de que algo se había tensado dentro de ella, una presión profunda, distinta a cualquier molestia previa. No era miedo lo que sintió, sino una alerta silenciosa, como si su cuerpo hubiera decidido hablar antes que su mente. Inspiró con cuidado mordiéndose los labios.
El dolor volvió, más claro esta vez, expandiéndose desde el vientre hacia la espalda baja, obligándola a llevar una mano instintivamente a su abdome