El aeropuerto hervía de movimiento, pero para Kevin todo era ruido lejano. Caminaba con paso firme hacia la puerta de embarque, el abrigo colgándole del brazo, la mente aún atrapada entre informes, nombres y verdades que habían llegado demasiado tarde.
Su teléfono vibró.
Estuvo a punto de ignorarlo.
Pero el nombre que apareció en la pantalla le heló la sangre.
Ana.
Respondió incluso antes de detenerse por completo. La nseñal ahora daba y se percata de que no era la primera llamada que la mujer le dejaba.
—¿Ana? —dijo, con la voz ya tensa.
Del otro lado no hubo saludo. Solo respiración agitada, contenida a duras penas.
—Señor … —la voz de Ana temblaba—. Señor, disculpe la molestia, pero escuche escuche con atención, por favor.
El presentimiento le atravesó el pecho como una cuchilla.
—¿Qué pasó? —exigió—. ¿Dónde está Leah? ¿Ocurre algo?
Ana tragó saliva.
—Está en el Sanatorio.
Kevin se quedó quieto. La gente siguió avanzando a su alrededor, chocándolo sin que él lo notara.
—¿Qué? —susu