El humo del cigarro subía lento, formando espirales perezosas en el aire pesado del despacho. Carlos Beira estaba sentado detrás de un escritorio de madera oscura importada, con vetas perfectas y pulidas a mano. Todo en aquella habitación hablaba de poder: las paredes insonorizadas, las cortinas gruesas color vino, el bar privado lleno de botellas imposibles de conseguir legalmente, y dos hombres armados custodiando la puerta exterior.
El hombre tenía la mirada fija en la pantalla frente a él.