La Villa La Matilde se hallaba sumida en un silencio profundo. Solo el sonido tenue del viento moviendo las ramas del jardín rompía la quietud de la noche. Las luces del vestíbulo titilaban suavemente, y Ana, la ama de llaves, se encontraba apagando los últimos focos cuando el ruido de un motor se escuchó acercarse por el camino principal.
El reloj marcaba las diez de la noche.
La puerta principal se abrió con un sonido seco. Kevin Hill apareció, alto, imponente, con el ceño fruncido y el rostr