El restaurante estaba iluminado por lámparas cálidas que descendían del techo como pequeñas lunas doradas. El murmullo elegante de conversaciones ajenas, el tintinear de copas y el suave sonido de un piano en vivo envolvían el ambiente con una intimidad casi perfecta.
Leah se miró en el reflejo oscuro de la ventana mientras acomodaba un mechón de su cabello detrás de la oreja. El vestido celeste abrazaba su figura con delicadeza, cayendo en una tela suave que parecía imitar el color exacto de