Kevin se apartó lentamente de Leah. Los ojos de ella, brillantes y temblorosos, reflejaban una mezcla de confusión y deseo. El ceño del hombre se frunció apenas; más allá de todo, no podía negar que su esposa tenía un encanto particular, uno que ninguna otra mujer había logrado despertar en él. Leah se sintió pequeña bajo la intensidad de esa mirada, y el rubor comenzó a trepar por sus mejillas hasta teñirlas de carmesí.
El silencio se adueñó del ambiente, pero la corona la llevaba Kevin: su