CONFUSIONES Y TEMOR.
Kevin caminó sin rumbo por los pasillos de la clínica hasta encontrar un rincón apartado, casi oculto, donde el murmullo del hospital apenas llegaba. Se sentó lentamente, apoyando los antebrazos sobre los muslos, inclinando el torso hacia adelante como si el peso del mundo se hubiera concentrado de golpe en su espalda.
Y entonces… se quebró. No fue un llanto inmediato. Primero llegó el temblor en las manos. Luego la presión en el pecho. Después, el aire que no alcanzaba. Se llevó ambas manos al