El viento de la pista de aterrizaje azotaba el abrigo de Zhang mientras subía las escaleras del jet privado. Sus pasos eran pesados, como si cargara cadenas invisibles. Al llegar al último escalón, se detuvo y miró hacia el horizonte, en dirección a Londres.
Sabía que había perdido. El eco de su propia voz llamándola "cualquiera" lo perseguía como una maldición. Entendió que Elizabeth, con su orgullo de fuego, jamás perdonaría a un hombre que intentó apagar su luz con un insulto. Entró a la cab