La medianoche había caído sobre la mansión Di Santi en Miami, pero la casa parecía un polvorín a punto de estallar. En la sala principal, los pasos pesados de Ángelo hacían retumbar los pisos de mármol. El gran capo caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, con la camisa de lino desabrochada, el cabello revuelto y una furia ciega nacida del miedo más puro. El doctor de la familia llevaba más de cuarenta minutos encerrado en la suite principal revisando a Cassandra.
—¡¿Por qué mierda