Vladislav
La noche se cernía sobre el castillo como un manto de terciopelo negro. Desde mi ventana, observaba las sombras alargarse sobre el bosque mientras la luna se elevaba, pálida y fría, como un recordatorio constante de ella. De Luna. Mi Luna.
El silencio fue interrumpido por tres golpes secos en la puerta de mi estudio. No necesitaba preguntar quién era; el aroma de Mikhail, mi segundo al mando, era inconfundible.
—Adelante —ordené sin apartar la mirada del horizonte.
Mikhail entró con p