Luna
La noche se cernía sobre nosotros como un manto de terciopelo negro. El aire olía a tierra húmeda y a sangre. Mi sangre. La de Vladislav. La de todos los que habían caído antes que nosotros.
Observé su rostro mientras se preparaba para la batalla. Sus ojos, normalmente fríos como el hielo, ardían con una determinación que nunca había visto. Estaba dispuesto a morir por su gente, por su legado... por mí.
—No tienes que venir —me dijo, ajustándose los guantes de cuero negro—. Puedes quedarte