—¿Podrías cerrar esa ventana, Damien? Aquí dentro hace un frío que pela.
—Elara, la chimenea lleva encendida desde la mañana y todas las ventanas están cerradas —dijo Damien, con ese tono ahogado y desesperado en su voz. Se sentó al borde de la cama y tomó mis dedos helados entre las palmas de sus manos grandes y cálidas—. La habitación es un horno. No hace frío, es tu cuerpo el que no puede generar calor.
Hundí la cabeza un poco más en la almohada y abrí los ojos a duras penas.
—Entonces ponme