—¡Bájame, Damien... suéltame, no puedo más! —grité, clavando mis uñas en su camiseta negra con tanta fuerza que la tela se rasgó de arriba a abajo con un fuerte *ras*.
—Falta poco, Elara. Tenemos que cruzar la frontera, alejarnos por completo del olor de esa maldita mansión —gruñó Damien, corriendo hacia las profundidades del bosque nevado con zancadas gigantes. Me llevaba en brazos, ligera como una pluma, pero dentro de mí se estaban derrumbando montañas—. Tenemos que llegar al corazón del bos