—¡No quiero, Damien! ¡No iré a ese hospital, es solo un cementerio de cuatro paredes!
Estaba de pie en el vestíbulo de la mansión, con los pies clavados en el suelo. Cada célula de mi cuerpo, cada terminación nerviosa estaba tensa como un alambre. Mi pecho subía y bajaba de forma irregular y ruidosa, como si tuviera un pequeño motor en marcha dentro de mí.
—¡Elara, reacciona! —Damien me había agarrado por los brazos; sus pupilas se habían vuelto completamente negras, no por miedo, sino por puro