En la tienda de guardia, un poco alejada del campamento, observaba a aquel muchacho bajo la luz vacilante de la lámpara de gas que colgaba sobre nuestras cabezas. Bebía el caldo caliente del cuenco frente a él con una avidez desesperada, como si fuera la primera vez en su vida que veía comida, con las manos todavía temblando.
—Come despacio, Toby —dije, suavizando mi voz—. Te vas a enfermar. Nadie va a quitarte la comida.
El chico levantó la vista. El terror seguía allí, anclado en sus pupilas,