Arrugué la nariz al cruzar el umbral de la enfermería. Un hedor punzante a yodo y carne putrefacta me golpeó de lleno. Aquello no era un hospital; era una carnicería medieval. A lo largo de las paredes, los hombres lobo gemían sobre camillas improvisadas, mientras una mujer anciana —la tal Zaria— deambulaba por el centro con un cuenco de emplasto de hierbas en la mano.
—¿Y tú quién eres? —espetó Zaria, lanzándome una mirada gélida—. Este no es lugar para los paseos de una dama delicada.
—No he