Golpeé el panel electrónico de la puerta de la cocina con la palma de la mano con tanta fuerza que un latigazo de dolor me subió desde la muñeca hasta el codo.
—¡Ábrete! —grité, tecleando el código por cuarta vez. El letrero rojo de *Acceso Denegado* parpadeando en la pantalla no cambió ni un ápice.
—No se moleste, Luna. He bloqueado también la entrada del personal desde el sistema central.
Kael estaba de pie en la entrada de la inmensa cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho. No había n