—Clara, apaga la luz —gemí, tirando del edredón hasta cubrirme la cabeza—. Siento como si el techo se me viniera encima. Mi estómago... siento que tengo el estómago revuelto.
—No voy a apagar la luz —dijo Clara, acelerando el paso hacia mi cama. Dejó el termómetro de golpe sobre la mesita de noche—. Esto no es solo fatiga, Elara. Estás pálida como la cera. Llevas dieciocho horas durmiendo en esta cama como si estuvieras muerta. Si, como cirujana, no puedes diagnosticarte a ti misma, lo haré yo.