La camioneta de Gabriel rugía por las calles de Thalassa como una bestia herida. El Capitán apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, casi desprovistos de sangre. Había recorrido la plaza central, el hospital —donde rezó por no encontrarla con Julián— y los alrededores de la taberna de Joe. Nada. El silencio del pueblo a esa hora de la noche solo aumentaba su desesperación.
—¿Dónde estás, Isabella? Por favor... —susurraba contra el parabrisas, con la garganta apreta