El sonido de los neumáticos sobre la grava fue lo único que rompió el silencio mortal del camino. Dentro de la camioneta, el único ruido era el castañeo de los dientes de Isabella y el zumbido de la calefacción al máximo, que no parecía ser suficiente para combatir el frío que se le había metido en los huesos. Gabriel conducía con una mano en el volante y la otra apretando la mano de Isabella, como si temiera que ella pudiera desvanecerse si la soltaba.
Cuando entraron en la casa, Lucas saltó d