El muelle de Thalassa era un infierno de color naranja y negro. El viejo depósito de suministros marinos ardía con una ferocidad alimentada por el salitre y la madera seca. El rugido de las llamas competía con el estruendo de las sirenas y los gritos de los estibadores que corrían para poner a salvo sus redes.
Gabriel bajó del camión 314 con la autoridad de un dios de la guerra. En segundos, organizó las líneas de ataque. La situación era inestable; el techo del depósito amenazaba con colapsar