El silencio en la oficina de Gabriel era tan denso que el zumbido de la vieja lámpara de escritorio parecía un trueno. Liam estaba sentado en la silla de madera, con los hombros caídos y las manos entrelazadas, mirando un punto fijo en el suelo. Gabriel, frente a él, mantenía una expresión de granito, mientras Lucas permanecía apoyado contra la puerta, cruzado de brazos, observando el drama con la paciencia de quien ha visto demasiadas tormentas.
—Empezó hace unos meses —soltó Liam finalmente,