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El aire dentro de la oficina de Gabriel era denso, impregnado del olor a café frío y el eco de los gritos que aún resonaban en el hangar. Gabriel estaba de pie tras su escritorio, con las manos apoyadas sobre la madera vieja, descargando todo su peso mientras observaba a Liam. Liam, por su parte, no bajaba la mirada a pesar del labio partido que empezaba a hincharse y la mancha de sangre en el cuello de su uniforme.
—¿En qué demonios estabas pensando, Liam? —la voz de Gabriel era un látigo—.