La llegada al hospital de Thalassa fue un torbellino de actividad. Las puertas traseras de la ambulancia se abrieron de par en par y el equipo de trauma ya esperaba en la rampa. Isabella, con el rostro manchado de sangre ajena y el uniforme empapado de lluvia y barro, ayudó a Mía y Emma a bajar la camilla con una coordinación que nadie esperaba de una "novata".
Una vez que el paciente fue entregado a los enfermeros, el silencio volvió a caer sobre ella. Isabella sintió que las piernas le tembla