Narrado por Gabriel Calvelli
El turno en la Estación 12 terminó con el sabor amargo del metal en mi boca. Mis músculos aún gritaban por el esfuerzo de haber sostenido a Isabella en el vacío, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, estancada en el blanco de su camisón ondeando al viento.
—Vamos, Gabi. Mueve los pies —dijo Lucas, dándome un empujón en el hombro mientras nos quitábamos los uniformes de faena—. Tenemos que llegar al hospital antes de que Ebenices cierre las visitas.
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