Narrado por Gabriel Calvelli
El letrero de "Bienvenidos a Olimpia" pasó a nuestro lado a ciento veinte kilómetros por hora, pero para mí, se sintió como si estuviéramos cruzando el umbral de una dimensión paralela. El horizonte ya no era una línea azul donde el sol se fundía con el mar; ahora era un laberinto de acero, cristal y concreto que parecía querer devorar el cielo.
Atrás quedaba la paz de la Estación 314, el balbuceo de Dominic en los brazos de Mía y el olor a jazmín de mi jardín. Dela