La mañana del lunes en la Estación 314 se sentía como el día después de una batalla que nadie había ganado realmente. El hangar estaba sumido en la rutina habitual de limpieza de equipos, pero el silencio entre los oficiales era espeso, cargado de las sobras de la fiesta de cumpleaños a la que yo no había sido invitado.
Entré en la estación con las ojeras marcadas por una noche de insomnio. Al pasar por la recepción, vi a Isabella. Estab