El silencio en la oficina se volvió radioactivo. Isabella levantó la vista de su libreta, clavando sus ojos en Gabriel con una intensidad que lo hizo sudar.
—Sofía, no te equivoques... —empezó Gabriel, pero ella lo interrumpió de nuevo.
—No me equivoco. Yo acepto mi sanción, Capitán —desafió Sofía, con los ojos encendidos—. Me dejo sancionar sin protestar... si usted puede jurarme aquí, frente a todos, que ninguno de los que estamos en esta habitación ha tenido sexo jamás dentro de esta estació