El hotel no era como el de la noche anterior. Este olía a lavanda, a sábanas de mil hilos y a esa discreción costosa que solo el dinero puede comprar. Gabriel cerró la puerta de la suite con un clic sordo que dejó fuera el ruido de Thalassa, la presión de la estación y el eco de las burlas de Sofía.
No encendieron las luces principales. Solo la penumbra azulada de la ciudad filtrándose por los ventanales iluminaba el camino hacia el baño principal, una estancia de mármol donde la tina, hundida