En la mañana siguiente, el conde estaba listo a primera hora, se sentía muy bien, se había puesto su armadura, y ya esperaba a François que todavía no llegaba, este fanfarrón todavía sigue dormido, pensó el conde, mientras tanto el conde miraba de nuevo hacia la colina,
François salió de la habitación, con la cabeza decaída, el sueño, y la pesadez le dominaban, ah, por mi mal, por mi desdicha, debí haber deshecho el convenio con los Monkan, estaría en París, en casa de mi madre, pero estaría a