Mila.
—Mila… matarás a todos… —deslicé mis ojos en el espejo y pasé un trago duro.
Y sí, había instado a Sara, a ella, que no necesitaba un pedazo de chispa cuando ya quería incendiar un bosque entero.
Además, el rojo no era mi color favorito, pero ella había insistido mucho en este. Y ahora que me lo veía puesto, tenía mis dudas.
El vestido era sujetado por dos tiras rojas diminutas, que iban crudas en el pecho a un solo hombro. La tela era de seda roja, estilo satinado, que se pegaba a mi